Sombras: cuando el piano de Claudio Rubera dialoga con el cuerpo
Se levanta el telón del Teatro Teresa Carreño, el tiempo se detiene y, a la vez, fluye entre el calor de los cuerpos, el suspiro previo de un gran jeté y la sublime melancolía de Debussy florece en las manos del pianista Claudio Rubera, quien desnuda los entretelones de «Sombras», obra cumbre del emblemático Vicente Nebrada con la cual este maestro obtuvo hace 5 décadas el prestigioso premio Fokine.
«Es mi primera interpretación para un ballet. Una forma distinta de tocar el piano, es estar conectado y sincronizado con los pasos de los bailarines. Antes de acoplarnos, cuando los vi bailar pensé wow, será un reto grandísimo, pero ensayamos muchas veces. La experiencia fue fabulosa, la disfruté y es también mi primera vez en la Sala Ríos Reyna «.
Agrega que hizo una similitud con esta vivencia: «fue como cuando me integro en el piano con ejecutantes de otros instrumentos en la música de cámara, pero en este caso la sinergia ocurrió con los bailarines. En vez de acoplarme con el oído lo hice a través de la vista, de mirar sus movimientos».
Así este joven talento devela cómo ocurre la magia en el escenario cuando la vibración precisa de cada nota debe estar alineada con el movimiento que le corresponde a cada bailarín, en una perfecta sincronía entre lenguajes: el musical y el de la danza. Ambas partes, el músico (en este caso, Rubera con el solo de piano) y los bailarines fusionan sus discursos en un único lenguaje, a pesar de marcar sus tiempos de maneras diferentes.

El músico lo hace desde la estructura armónica de las partituras (do, re, mi, fa, sol y si traducido en corcheas, semicorcheas, redondas, blancas, negras, fusas y semifusas) y los bailarines desde el impulso físico (movimientos corporales: giros, saltos, entrechats cuyos nombres en francés como arabesque, sauté, glissé, tendú, plié etc. preservan la tradición académica que se remonta al S. XVII, al reinado de Luis XIV).
«Cada movimiento corporal tiene nombres y debí aprenderlos, para poder estar completamente sincronizado».
El piano de Rubera respiró al unísono con los cuerpos de los bailarines, convirtiendo el escenario en un espacio orgánico donde la técnica cedió lugar a la pura expresión artística, aquella capaz de hacer estremecer las fibras más profundas del alma y de la piel.
En esa alquimia, también entran en juego otros lenguajes como la iluminación, el vestuario y los colores, entre otros y, la obra deja de ser un monumento a la danza, al legado de titanes como Nebrada y Debussy para convertirse en un organismo vivo que transpira en los dedos de Rubera, dialogando con los «extraordinarios bailarines».
Luego de Sombras (reposición de Evelyn Pérez y Ricardo Rodríguez) , pieza con una atmósfera particular, cargada con la melancolía y el recogimiento interior del Impresionismo de Debussy bajo el acoplamiento y la sinuosidad corporal de los bailarines; el público del TTC apreció las coreografías Flor de Limpia ( música: El Bolero de Maurice Ravel. Coreografía: Cristina Rosell) y el Pájaro de Fuego (música: Igor Stravinski. Coreografía del memorable Nebreda, bajo la reposición de Adriana Estrada y Javier Solano).
Cabe destacar que las dos últimas piezas contaron con la participación especial de la Orquesta de Cámara Simón Bolívar, bajo la dirección del maestro Pablo Castellanos
Teresa Quilez
Fotografías: cortesía TTC
Bailarines, Frais Hurtado
Pianista, Alejandro Verde

