Cultura y Entretenimiento

Día del Artista Plástico: en memoria del Mago de la Luz

​Armando Reverón (10-5-1889/ 18-9-1954 CCS) no solo pintó el paisaje; capturó el misterio indescifrable de la claridad de manera magistral. Este mes, la memoria colectiva evoca con especial énfasis a este ícono de la plástica, Premio Nacional de Pintura 1953, cuyo legado es tan profundo que en el mes de las flores, en honor a su nacimiento, celebramos el Día Nacional del Artista Plástico.

​Más que un oficio, la pintura para Reverón era una posesión. Él mismo sentenciaba: “Cuando pinto no puedo despegar los colores de la luz”, advirtiendo a la vez sobre la naturaleza extrema de su búsqueda: “La luz ciega, vuelve loco, atormenta, porque uno no puede ver la luz”.

​Para develar su universo mágico, es necesario acudir a los testimonios recogidos por el maestro Juan Calzadilla en su libro Reverón, Voces y Demonios. Allí se compila una cronología afectiva con relatos de figuras como Rafael Monasterios, Margot Benacerraf, Alejo Carpentier y su inseparable Juanita. 

Entre estas memorias destaca la de Julián Padrón, quien describía la ceremonia previa al lienzo: Reverón se ataviaba con su guayuco de cañamazo, se descalzaba y se introducía pequeños tapones en los oídos para concentrarse en su mundo interior. Solo tras ese aislamiento, en una suerte de trance, encaraba el bastidor.

​La vida de Reverón estuvo plena de misticismo. En Macuto, erigió El Castillete, su templo particular; un refugio construido con cal, piedra y madera de cocotero. Allí, entre las fibras del corazón y el aire marino, convivió con su compañera de vida, Juanita Ríos —a quien conoció en los carnavales de 1919— y sus inseparables animales, como el mono Pancho.

​Su cotidianidad estaba poblada de objetos insólitos: muñecas de trapo de tamaño natural que servían de modelos y herramientas rudimentarias fabricadas por él mismo. No era solo un pintor; era un chamán, un actor y un creador de universos que transformó su entorno en una obra de arte total.

​A juicio de Calzadilla, Reverón fue el miembro más auténtico y original del Círculo de Bellas Artes. Su rebeldía no fue gratuita; fue una voluntad de aislamiento necesaria para romper con la tradición del paisaje convencional. 

Al mudarse al litoral en 1921, buscó fundar una pintura auténticamente nacional, lejos de las influencias de la civilización.​  A pesar de su formación en las academias de Caracas, Barcelona y Madrid —donde estudió a Goya y Velázquez—, su verdadera genialidad floreció en el contacto con la luz inclemente de Macuto. Allí conquistó el reino de la libertad, arriesgando incluso su salud para ser fiel a su visión artística.

​Hoy, Reverón es reconocido como el creador más original y completo del arte moderno en Venezuela. Su obra goza de la fortuna crítica más grande de nuestra historia, situándolo como el símbolo máximo de nuestra capacidad creadora. Más allá de los cuadros, nos queda el hombre que supo hablar de la piel especial del alma a través de los destellos del sol. Por ello, su fecha de nacimiento marca el pulso de todos los artistas plásticos del país.

Teresa Quilez

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