Cultura y Entretenimiento

El Nazareno de San Pablo: Un enigma tallado en pino de Flandes

El Nazareno de San Pablo no es solo la advocación más venerada de Venezuela durante la Semana Mayor; es también un enigma histórico que ha desafiado leyendas por siglos. Esta imagen, que representa a Jesucristo cargando la cruz en el viacrucis, data del siglo XVII y ha sido objeto de profundas investigaciones que hoy permiten separar el mito de la realidad técnica.

​Para comprender la verdadera naturaleza de la pieza, es imperativo citar al polifacético investigador y restaurador Carlos Duarte. En su texto El Jesús Nazareno de la desaparecida Iglesia de San Pablo (1977), Duarte desmitifica las creencias que atribuían la obra al canario Juan Cristian Molinero o a tallistas criollos anónimos.

​Fue el propio Duarte quien, al liderar el riguroso proceso de restauración de la imagen en 1975, confirmó que la talla está realizada en pino de Flandes. Este hallazgo científico fue determinante: el uso de esta madera descartó que la obra fuera ejecutada en la Provincia de Venezuela, donde la imaginería se realizaba habitualmente en cedro amargo. Por tanto, la pieza es una joya del barroco sevillano traída de España. Si bien Duarte mantuvo la cautela sobre su autoría, los hallazgos técnicos derivados de su intervención han permitido que la historiografía moderna atribuya la obra al maestro Felipe de Ribas (1609-1648).

La historia del Nazareno está ligada a la transformación urbana de Caracas. La imagen permaneció en la Iglesia de San Pablo el Ermitaño hasta 1876, cuando Antonio Guzmán Blanco ordenó su demolición para edificar el actual Teatro Municipal. Según la crónica, las apariciones de la imagen tras la inauguración del teatro llevaron al mandatario —bajo consejo de su esposa, Ana Teresa Ibarra— a ordenar la construcción de un nuevo templo.

​La Basílica de Santa Teresa (1877-1881), obra del arquitecto Juan Hurtado Manrique, es una estructura neoclásica única compuesta por dos iglesias unidas por una gran cúpula. El diseño responde a un homenaje personal de Guzmán Blanco a su esposa: la fachada oeste está dedicada a Santa Ana y la fachada este a Santa Teresa, unificando ambos nombres de su cónyuge en un solo recinto sagrado donde, bajo la cúpula central, se sitúa el altar mayor.

El fervor popular se cimenta en el milagro ocurrido durante una epidemia (atribuida por algunos a 1597 y por otros a 1696). La tradición narra que, durante la procesión, uno de los brazos de la cruz tropezó con el ramaje de un limonero en la esquina de Miracielos. Los frutos que cayeron fueron utilizados por los enfermos, quienes sanaron tras beber su jugo. Este hecho fue inmortalizado por el bardo Andrés Eloy Blanco en su poema El limonero del Señor.

​Esta imagen, que según la leyenda hizo preguntar a su propio autor: “¿Dónde me has visto que me has hecho tan perfecto?”, sigue siendo el epicentro de la fe caraqueña, protegida hoy por el legado técnico e histórico que investigadores como Duarte dejaron como herencia.

Teresa Quilez

​Fotografías: Leiser Alfonso.

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