Cultura y Entretenimiento

Marzo celebración y memoria de tres baluartes: Pereira, Otero y Tofano

Disímiles en sus lenguajes _ los maestros Gustavo Pereira con su palabra encendida; Tecla Tofano con su rebeldía visceral y transformadora y Alejandro Otero a la vanguardia del abstraccionismo geométrico y el cinetismo_ los tres vieron la luz de este planeta un mes de marzo moldeado con su huella identidad y orgullo nacional. Gloria para Venezuela. 

Gustavo Pereira

(7 de marzo de 1940, Punta de Piedras, Isla de Margarita, Venezuela).

Su poesía nació con las olas del mar, así me lo contó con nostalgia en sus ojos por aquel salitre que salpicó sus dedos, en el filo de la noche cuando tenía doce años y estaba en un buque petrolero. Ese día, con el susurro de las olas floreció su poesía, lo más sublime de la palabra. A través de su verbo, plasma las fibras más sentidas y ciertas de nuestra existencia. Resulta fundamental destacar su poema ‘Sobre salvajes’, incluido en sus Somaris, donde su palabra se torna audaz, crítica y justiciera, denunciando con una nitidez que estremece. Creció en un hogar numeroso que le enseñó que la solidaridad no es un concepto, sino una forma de existir. 

Tecla Tofano:

(Nápoles, Italia, el 5 de marzo de 1927/Caracas, 20 de octubre de 1995) 

Llegó a Venezuela joven, en esa ola migratoria que trajo esperanza y talento a nuestras costas. Y fue aquí, en este «lugar de gracia», donde su espíritu indomable encontró su verdadera patria. 

Si algo definía a Tecla Tofano era su negativa a ser encasillada. Fue una artista polifacética en el sentido más profundo de la palabra. No se conformaba con una sola forma de Expresión. Ceramista de vanguardia se formó con el maestro Miguel Arroyo, pero pronto rompió con la tradición utilitaria, para Tecla, la arcilla no era para hacer jarrones bonitos, sino para esculpir gritos, ironías y verdades incómodas. Sus piezas son táctiles, viscerales, orgánicas, a veces grotescas y siempre cargadas de significado. Llevó la cerámica venezolana a un nivel de expresión conceptual sin precedentes. Como escritora se caracterizó por una pluma tan afilada como su esteca y su verbo lo plasmó en un reconocido diario de la capital y en sus libros. Diseccionando la sociedad, el patriarcado y la política con humor negro y sarcasmo. Durante décadas fue profesora en la Facultad de Arquitectura de la UCV, formando generaciones de arquitectos y artistas con su visión crítica. Fue Activista y Pionera por los derechos de la mujer.

Alejandro Otero:

(El Manteco, estado Bolívar, 7 de marzo 1921 – Caracas, 13 de agosto de1990) 

Para Alejandro Otero el principio de todo su arte fue la observación pura en aquel terruño natal, cálido y apacible. Allí, siendo apenas un niño, su mirada se convirtió en un instrumento de precisión: escrutaba las bicicletas al pasar, hipnotizado por el baile de los rayos en sus ruedas, una coreografía metálica que le devolvía el canto del viento entre las hojas de las ceibas. Ese movimiento, sutil pero incesante, junto al ritmo caudaloso e indomable del río Caroní, no fueron solo recuerdos de infancia; fueron el código genético que dictaría el destino de su plástica.

​Aunque sus manos comenzaron retratando la realidad humana y el paisaje, en su interior ya se gestaba la ruptura.

 El salto hacia la abstracción no fue un acto frío, sino un proceso natural de destilación. Aquellas humildes cafeteras que pintó en los años 40 fueron el primer paso para despojar al objeto de su carga narrativa y dejar que la forma matemática y el color asumieran el protagonismo. Otero entendió, antes que muchos, que la verdadera vibración de la vida no reside en la copia fiel de la imagen, sino en el estudio profundo del espacio y el movimiento.

​Su audacia lo llevó a ser el precursor de la abstracción geométrica en Venezuela, desafiando la tradición paisajística con una visión que, aunque polémica en 1949, terminaría siendo el símbolo de nuestra sofisticación cultural. Desde su paso por París con el grupo Los Disidentes, hasta su monumental legado en la Universidad Central de Venezuela y sus majestuosas estructuras solares en Guri (Venezuela) o Milán (Italia) Otero nunca dejó de ser aquel niño que perseguía el viento.

CORTESÍA: Teresa Quilez 

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